¿Cómo elegimos un libro?

Cecilia Ansaldo Briones

Vivo rodeada de lectores por lo que conozco varios mecanismos de elección de un libro, pero siempre me resulta interesante averiguar cómo funciona el acercamiento de una conciencia a ese mundo cerrado y fragante –cuando es nuevo– que es cada ejemplar de papel (los formatos digitales han anulado ese contacto). Los libros llegan a nuestras vidas por diferentes caminos y se quedan por mucho tiempo, tal vez la existencia entera, convertidos en tesoros de esa cueva de Alí Babá de cada biblioteca. Aunque haya personas cautelosas que se desprendan de sus tesoros a plena decisión, por aquello de tener “las cosas listas” antes del fin.
Si echamos una mirada hacia atrás, entramos en el placer de la lectura por estímulo de otros: la voz de los padres antes de dormir, el ejemplo de los mayores, el regalo temprano. Recuerdo que muy pronto en la vida empecé a reunir mi dinerillo semanal para darme el gustazo de hacer mis elecciones en las hermosas Su Librería, Librería Cervantes y Librería Científica de la ciudad. En la década del sesenta contar con 100 sucres y dedicarlos a comprar ejemplares nuevos significaba unos diez o doce libros.
Pero hay otros casos. Tuve una amiga, cuya madre pasaba por una profunda depresión. Me impresionaba pasar por su habitación abierta y verla tendida en la cama siempre leyendo, rodeada de tomos gordos que se apilaban en el suelo. Alguna vez curioseé los títulos, todos extraños, sin ningún autor célebre. Leía para evadirse, para no pensar en sí misma.

Me gusta fijarme en la conducta de los compradores: la mayoría va a un estante fijo y adquiere algo que busca. Son menos los que dan vueltas en orden, acarician con los dedos los lomos vistosos, parecen abiertos a los descubrimientos. Cuando se conversa con ellos saben qué es lo nuevo y pueden recomendar o desaconsejar. Siempre he creído que esa comunidad dispersa debería tener alguna manera de acercamiento, crear una red de contactos e intercambiar opiniones sobre sus lecturas. Algo de esta necesidad se atiende en las redes sociales, donde algunos volcamos nuestra palabra y cruzamos entusiasmos.
Unos poquísimos privilegiados gozamos de la confianza de los escritores y recibimos el obsequio de sus obras. Es natural que quien escribe espere como reciprocidad la opinión que represente la instalación del diálogo, la voz del invisible lector para el cual va dirigida toda escritura. Jamás he creído en aquello de escribir para uno mismo, ese ejercicio no se toma el largo trabajo editorial, no arriesga una expresión personal a la mirada ajena y al olvido. Pero ¿acaso el autor integra la posibilidad de que la opinión sea desfavorable? ¿Está preparado para la amplia gama de reacciones que va desde el epidérmico “me gusta” (o su contrario), al “sí, pero…”, hasta el rotundo “no vale la pena que lo hayas publicado”?
Parece que hay un momento de la vida –bien puesta la madurez– en que una buena cantidad de personas quiere escribir y publicar un libro. Lo hace y pone a rodar un hecho lingüístico más en este superpoblado mundo de papel, espera lectores, quiere diálogo. En Ecuador, los lectores de oficio somos pocos y estamos permanentemente demandados, tanto, que muchas veces tenemos que optar por el silencio. (O)
Cecilia Ansaldo Briones