Tal día como hoy 6 de mayo de 1540 nacía Diego de Saavedra Fajardo

Saavedra Fajardo, Diego de (1584-1648).

Escritor, político y diplomático español nacido en Algezares (Murcia) el 6 de mayo de 1584 y fallecido en Madrid en 1648. A lo largo de su vida estuvo al servicio de la monarquía española, concretamente de los reyes Felipe III y Felipe IV. Descendía de una familia gallega de muy antigua estirpe, y era el último de cinco hermanos. Su padre fue don Pedro de Saavedra y Avellaneda, y su madre Fabiana Fajardo Brian. En 1600 se trasladó a Salamanca, donde continuó estudios de Jurisprudencia y Cánones. Más tarde, en 1608, marchó a Roma como secretario del cardenal Gaspar de Borja, ciudad en la que estuvo hasta 1620 y donde realizó diversas tareas diplomáticas relacionadas con Italia. En 1607 ya había recibido el hábito de la Orden de Santiago y, en 1617, recibió nombramiento como canónigo de la catedral de Santiago, aunque parece que nunca tuvo órdenes mayores.

En 1623 pasó a formar parte del Consejo de Estado, el cual abandonó en 1633 para viajar como embajador a Alemania y a los cantones suizos. Continuó con tareas diplomáticas hasta 1640: primero asistió a la elección del emperador Fernando III como rey de romanos (1636),
luego participó en una misión diplomática en Múnich (1637), acudió a otra en Borgoña (1638), para viajar enseguida a los Cantones Esguízaros y asistir en Ratisbona a la Dieta General del Imperio. En 1640 se hallaba en Viena y, ya en 1643, regresó a España. Recibió el nombramiento de secretario real, acudió como plenipotenciario español al Congreso de Münster (con imperiales católicos y franceses) y al Congreso de Osnabruck (con imperiales protestantes y suecos), donde se trató de la pacificación de Europa y cuajó la Paz de Westfalia (1643). Un nuevo honor le vino al ser elevado al cargo de supernumerario del Consejo de Indias y, al final de su vida, quedó a cargo de la elección y formación de embajadores. Retirado de toda actividad política en 1646, murió en su casa de Madrid un 13 de agosto.

La decadencia de la monarquía española según Saavedra Fajardo

Obra literaria


En su juventud, y aun en su madurez, escribió poesía, como la mayoría de los españoles cultos del momento. De sus años jóvenes se conservan varios epigramas latinos, aunque más tarde se prodigó muy poco en el cultivo de su vena lírica, y siempre en castellano, ya fuese algún poema preliminar al libro de un amigo (como el que se incorpora al Desengaño de Fortuna de Gutierre Marqués de Careaga, Madrid, 1612) o una composición encomiástica a Felipe IV, al haber alanceado un toro una tarde de octubre de 1631 (este poema fue recogido por José Pellicer de Salas y Tovar en su Anfiteatro de Felipe el Grande). Por esa misma época Saavedra se dedicó a escribir un número indeterminado de panfletos satíricos, de los que se conservan los que se titulan Suspiros de Francia y el Dispertador a los trece cantones esguizaros; por otra parte, se cree que también son suyas la Indisposizione generalle della monarchia di Spagna (1630) y la Respuesta al manifiesto de Francia (1635).

En 1631 dedicó al Conde-Duque de Olivares sus Introducciones a la Política y Razón de estado del Rey Católico don Fernando, obra inconclusa que permaneció manuscrita hasta el siglo XIX. En su interior se insertaba un tratado de teoría política que corresponde a la primera parte del título, y un espejo de políticos para el que Saavedra escogió a Fernando el Católico (tenía, pues, la cabeza puesta en el mismo modelo que Maquiavelo en el pasado al escribir El Príncipe). El hecho de que este magno proyecto quedara sin acabar y, por tanto, ajeno a la imprenta puede explicarse, tal vez, porque quedó superado por completo por otro más ambicioso: su Idea de un príncipe político-cristiano. Entre medias todavía vendrían varios trabajos de importancia, ligados casi siempre a sus labores como diplomático, caso éste de su Discurso sobre el estado presente de España, de 1637. Del año siguiente es su Relación... de la jornada que por orden de Su Majestad hizo el año 1638 al condado de Borgoña.

En 1640 apareció en Múnich su Idea de un príncipe político-cristiano, representada en cien empresas, en la que nos muestra a un monarca imaginario, absolutamente idealizado. En 1642, en Milán, vio la luz una segunda edición revisada en profundidad, por lo que debería hablarse en puridad de una nueva redacción. Hasta el final del siglo XVII salieron a la calle hasta quince ediciones, lo que pone de manifiesto el innegable éxito de esta obra; en ella, al igual que Quevedo en la Política de Dios, Saavedra se vale de proverbios e imágenes de la Sagrada Escritura como temas del que hemos de considerar como verdadero tratado de política, al tiempo que en el libro, que continúa por la estela de los viejos regimientos de príncipes (de hecho, su dedicatoria la dirige al príncipe Baltasar Carlos, de muerte prematura), abunda en una de las materias más exitosas en la época: la literatura de emblemas o empresas, tras el poderoso modelo de Andrea Alciato y su legión de seguidores. El estilo lacónico de Saavedra en esta magna obra casa bien con el espíritu de los regimientos (en las que sobra toda floritura literaria) y con la propia esencia de los emblemas, apoyados como están en frases con toda la enjundia posible. El libro se ofrece como la suma de las experiencias de Saavedra en su deambular por toda Europa, como la obra de alguien que ha vivido, conoce y sabe; en general, en el interior se apuesta por una novedad en la invención que responde claramente a una de las ansias del artista barroco en su tratamiento de los modelos heredados.

Bajo seudónimo, y ya póstuma, vio la luz la sátira lucianesca Juicio de artes y ciencias. Su autor, don Claudio Antonio de Cabrera (Madrid, 1655), más conocida como República literaria (título con el que correría desde la segunda edición de 1670); no obstante, no pocos estudiosos ponen en tela de juicio la autenticidad de esta obra, de la que se conocen dos versiones: la primera de hacia 1640 y otra más primitiva de hacia 1612. Las diferencias entre una y otra se detectan en supresiones y adiciones, en la sustitución de personajes y de ejemplos, en el limado de determinados conceptos o burlas y en el incremento en las citas eruditas. Saavedra arremete en esta obra contra las diferentes profesiones intelectuales: contra el humanista pagado de sí mismo, el abogado engañoso, el médico falaz y tantos otros estudiosos de distintas áreas del conocimiento.

Aun dejó otros escritos, como el diálogo lucianesco Locuras de Europa (ca. 1643-1645, aunque publicadas en 1748), obra de contenido político que refleja el modelo de Alfonso de Valdés y presenta ciertas neblinas en lo que se refiere a su autoría. Gran aceptación tuvo también esa obra político-apologética, en que se defienden las pretensiones de España frente a otras naciones (con la enemiga Francia en mente), que tituló Corona góthica, castellana y austriaca y cuya primera parte concluyó en 1645 para darla a la imprenta al año siguiente (Münster, 1646). Con su redacción, Saavedra perseguía mostrar el papel de los godos en la historia de España y mover a una posible alianza que ni siquiera descartaba una posible boda entre un Felipe IV viudo y la reina Cristina.

Aparte, la Corona revela pronto su carácter de continuación respecto del proyecto que Saavedra había logrado cimentar con su Idea de un príncipe político-cristiano, con capítulos (treinta en total, en los que aborda la vida de treinta y seis reyes visigodos) que se articulan sobre observaciones iniciales de contenido moral o político. En esta obra de vejez, Saavedra llega al colmo de la erudición, al apoyar su obra en más de cuatrocientas autoridades, españolas y europeas, aun cuando las fuentes (a ojos de un lector de nuestros días) se revelen desiguales por completo, pues tienen cabida los cronistas medievales (que tanta leyenda incorporan a sus textos), los historiógrafos renacentistas y hasta los falsos cronicones. El talante de la obra es, en cualquier caso, el de una pieza literaria muy cuidada, con un estilo elaboradísimo y una calidad en lo relatado que aboca el rigor y autenticidad históricos a un segundo plano. La obra fue continuada por el cronista real Alonso Núñez de Castro (1671), quien indica que se sirvió de materiales del propio Saavedra; en la tercera parte (1677), sin embargo, nada hay al parecer perteneciente a este autor.

AGM

Autor MCV.