Ramón Basterra, la voz del futurismo

 Ramón Basterra

A través de su poesía va manifestando Basterra su peculiar ideología: Su deseo de renovación española, su ideal de nuestra cultura vinculada a Roma, el concepto de la hispanidad, o sea de todos los pueblos de la Península y de América, hermanos en lengua, fe y tradición: “la Sobreespaña”, antecedente de la Hispanidad que cincelarían años después otros dos vascos: Zacarías Vizcarra y Ramiro de Maeztu. Se han destacado el arte y las ideas de este poeta del Norte. 


El ideal de vida representado por el siglo XVIII y que Basterra denomina “carlotercismo”, refiriéndose al reinado de Carlos III, es el símbolo de la renovación española que el poeta vasco propone, puesto que para él la flor de la cultura europea se produce en el siglo XVIII, es decir en pleno racionalismo. 

Juan Ramón Jiménez nos contaba que Basterra: “Se viste su uniforme diplomático, se echa a la Plaza de San Pedro en Roma, húmedo bloque central, y se pasea allí, columnas y fuente bajo los nublados cárdenos, siempre nostálgico de la palabra mujer española, buscando en los crepúsculos el brazo de Goethe como romano universal”. 

Basterra fue el vate oficial de la revista Hermes, Eugenio d’Ors lo consideró imprescindible en la biblioteca de todo joven con ambiciones culturales, y Gerardo Diego lo incluyó en la edición de su antología canónica Poesía española contemporánea en 1934.

Ramón de Basterra y Zabala nace en Bilbao el 31 de agosto de 1888 y muere en Madrid el 17 de junio de 1928. Desempeña cargos diplomáticos en Italia, Rumanía, Bulgaria y Venezuela. Frecuenta la tertulia bilbaina del café Lion d’Or. Al final de su vida padece trastornos mentales.

Si en Domenchina la preocupación erótica es la clave interna de su poética, Basterra, diplomático, viajero infatigable, lleva siempre un poderoso lastre de historia. Este es uno de sus aspectos más interesantes y más logrados de su lírica: la de sus grandes ideas centrales de cultura y clasicismo, en formas violentas, pero elaboradas de un barroquismo unas veces métrico y limitado, otras rompiendo todos los moldes del verso tradicional. La primera época de Basterra se caracteriza por la preocupación, por el paisaje, por las ideas humanísticas, por los problemas e historia del país vasco. Las ubres luminosas es el resultado de su entusiasmo por Roma, “ciudad entre ciudades”, y por la cultura latina, frente a la cual se prosterna el vasco sin perder su personalidad racial. Los labios del monte, es un amplio poema de la grandeza épica, captación de los símbolos esenciales. Los mitos históricos de la raza vasca desfilan en cortejo de grandes personajes de epopeya. 


Ramón de Basterra puede tildarse de único representante del futurismo en España. Si el modernismo retornaba hacia un mundo no por irreal menos arcaico, el futurismo adelantaba un mundo no por real menos alejado de un presente problemático, tanto que daría lugar a una guerra mundial. Si la permanencia del modernismo sonaba a pasado, el avance futurista resultaba extraño a su medio, se hallaba fuera de toda realidad; de ahí que pasase rápidamente, que en su lucha contra el pasado se lanzara a la declamación de invectivas en vez de preparar las bases de un sistema ideológico o poético. Cuando les llegó la hora de construir aquel futuro, se vieron de narices ante la pared del vacío humano. Cantaban la máquina, una nueva Venus de Milo, una nueva Victoria de Samotracia, personificada en aquellos tortugados coches de carrera de la época. Y cuando tuvieron que meterse en él, -hasta entonces sólo habían hecho enfrentarlo a la samotracense alada-, pudieron comprobar que en el fondo era una hojalata tan miserable como la piedra que había sido hecha la victoria griega. La poesía no estaba en la materia pura, sino en la  poiesis, un cierto modo de creación. A esta temática futurista se añadía una técnica, unos módulos formales: destrucción de la sintaxis, abolición del adjetivo, del adverbio, de la puntuación, sustituida por signos matemáticos, etc., que Ramón de Basterra apenas cumplió salvo en Vírulo mediodía, libro publicado en 1927 cuando ya había muerto el ultraísmo y había aparecido en París el Manifiesto surrealista de Breton. Entre sus libros en prosa destacan La obra de Trajano, escrita en Rumanía, y Los navíos de la Ilustración, escrita en Venezuela, obras en las que medita sobre la España imperial, heredera de los valores de Roma. En 1970 se recogieron en un volumen sus Papeles inéditos y dispersos, con un prólogo de Guillermo Díaz-Plaja. En 1989, José Ignacio Tellechea Idígoras editó sus Cartas a Unamuno. 


La creación más original de Basterra poeta es la de su mito: Vírulo, cuyos cantos corresponden a los dos momentos de estilo del autor. En el primer momento se halla Vírulo, mocedades, en que las formas métricas secentistas se amoldan en contorsión barroca al apunte de sistema, de alegorismo cultural del personaje. Vírulo, mediodía, publicado en 1927, a los tres años de la publicación de su Vírulo, mocedades, es el poema de la plenitud de Basterra, desigual y difícil, pero de superación de la etapa anterior, aún atada a motivos de forma tradicionales. De un salto se planta Basterra en las avanzadas del vanguardismo, dando la mano a las metáforas de civilización y asépticas del Ultra, y hermano de la retórica italiana del futurismo de Marinetti, y a la vez con la dureza formal del vasco y su densidad intelectual.


Vírulo, mediodía es un libro esencial e indispensable en la nueva literatura española. Una de sus partes más originales la constituyen una serie de fábulas, en que los motivos de civilización sustituyen a los viejos animales de los apólogos de Esopo y Fedro: “Escuchad a las máquinas. / La gran sabiduría está en las máquinas... / Calla doña Raposa, don León, don Caballo. / Avanza doña Grúa, don Cilindro, don Embolo”. 


Francisco Arias Solis